Me la comí porque quise

“Regina tamen, sed opaci maxima mundi, sed tamen inferni pollens matrona tyranni”.

“Reina es, y la más grande del mundo oscuro, y la consorte augusta del soberano de abajo”.

Ovidio, Metamorfosis V, 507-508

En la llanura de Nisa, en el mismo lugar donde nació Dioniso, crecía una alfombra de flores que eran muy del agrado de la Doncella Perséfone, hija de Deméter y de Zeus. Había allí rosas, flores de azafrán, violetas preciosas, iris, jacintos y narcisos. Estos últimos eran los favoritos de la bellísima Muchacha, y Hades, el dios del Inframundo, lo sabía.

Perséfone se arrodilló, embelesada ante la belleza y el aroma de un narciso en particular, y lo tomó con las dos manos para arrancarlo y poder apreciarlo mejor. Y fue en ese preciso instante cuando se abrió la tierra y surgió de las profundidades del Inframundo el dios Hades, de blanca tez y negrísimo cabello, soberano de muchos, montado en su carro de oro tirado por briosos caballos inmortales, para terror y estupor de la Muchacha, a la que raptó y arrastró consigo hacia las profundidades del Infierno.

Hades y Perséfone: Quílice (κύλιξ) ático, h. 430 a.C. Vase E82.
© The Trustees of the British Museum.

CC BY-NC-SA 4.0

Y por eso este mito se llama “El rapto de Perséfone”, de todos conocido, que causó una gran hambruna y carestía entre los seres humanos porque su madre, Deméter, la diosa de las cosechas y la fecundidad de la tierra, lloraba desconsolada la pérdida de su hija y descuidaba, en su aflicción, sus labores agrícolas: los cereales no germinaban, el buen tiempo no llegaba, y las reservas de alimento empezaban a escasear.

Zeus se vio obligado a intervenir y a confesarle a su hermana y madre de su hija su aquiescencia a los planes matrimoniales de Hades, también hermano suyo. Hades, soberano del Inframundo, recibía el sobrenombre de Plutón porque poseía el dominio de las profundidades de la tierra y todas las riquezas que allí había (ver entrada El rey del Infierno es rico), y a Zeus le parecía un buen partido para su hija Perséfone.

Pero la diosa Deméter, la de rubia cabellera que resplandecía como el trigo al sol, a la que no le habían consultado su opinión, y eso que tan de Zeus como suya era la niña, no estaba de acuerdo en nada.

Se negó a aceptar ese matrimonio entre su hija y Plutón, y exigió su inmediato regreso a la superficie de la tierra. Y como todos sabemos, el mito termina con la alternancia de Perséfone entre el Inframundo y la superficie, dividiendo así las estaciones y las épocas de germinación y cosechas: la Muchacha pasaba un tercio del año bajo tierra, con su esposo el soberano del infierno, y los otros dos tercios en la superficie con su madre, Deméter, ayudándola en las labores de fecundidad de la tierra.

¿Y por qué esta alternancia?

¿Por qué no volvió la Muchacha (sobrenombre de Perséfone: Core, Κόρη en griego, que significa, literalmente, “muchacha”) a la superficie con Deméter para siempre, o se quedó a vivir en el Inframundo con el dios Hades? Podría uno pensar que Zeus tenía grandes dotes negociadoras y logró poner a todos de acuerdo en tan difícil y espinoso asunto.

Pero no.

Lo que pasó fue que Perséfone se comió una granada. En el Inframundo. Con Hades. ¿Y esto qué importancia tiene?

Pues es crucial, porque existía la creencia de que comer junto a los muertos tenía el efecto de vincularnos a su mundo para siempre. Esto lo vemos también en la Odisea, en el episodio de los lotófagos o en el de Circe, donde comer o beber ciertas cosas en ciertos lugares podía impedir el regreso al hogar, y dejar a las personas atrapadas allí para siempre.

Por otro lado, existía también la tradición de la novia griega que, cuando aceptaba comida en casa del novio, aceptaba también su transformación en esposa y su vinculación a la familia de él.

Pero, ¿por qué una granada? ¿Podría haberse comido Perséfone cualquier otra cosa? La simbología de la granada en este mito es algo oscura y no podemos hacer sino conjeturas: por ejemplo, el color rojo de la fruta evoca la pasión pero también la sangre, lo que nos lleva a la asociación con el mundo de los muertos; por otra parte, las numerosas semillas de la granada son un símbolo de fecundidad de la tierra, que es otra de las características esenciales de Perséfone, diosa antiquísima y telúrica, que gobierna a la vez sobre la vida y la muerte.

Proserpine, Dante Gabriel Rossetti (8th version)
Public Domain

A lo largo de las diferentes versiones del mito encontramos ciertos guiños que nos hacen pensar que fue Perséfone quien se tomó la granada de buen grado y que no la obligó nadie, pues quería permanecer en el Inframundo con Hades porque estaba enamorada de él: por ejemplo, en las Geórgicas de Virgilio se da a entender que Perséfone está muy a gusto como reina del Infierno y esposa de Hades y “no atiende a seguir el llamamiento de su madre (I, 39)”.

Asimismo, en el Himno homérico a Deméter, el dios Hades, que sonríe lentamente elevando las cejas con ojos brillantes, expone así sus votos matrimoniales:

«Si te quedas aquí, serás reina y soberana de todos los seres que viven y se arrastran, tendrás los mayores honores que pueden recibir los inmortales y el que te ofenda o no aplaque tu ánimo con ofrendas y sacrificios, celebrando los rituales con respeto y reverencia, será castigado para el resto de sus días». 

Hades a Perséfone, en el Himno homérico a Deméter

Así que, con semejante cortejo, ¿podemos culpar a la Muchacha por querer “quedarse allí”?

Publicado por Neferchitty

La historia empieza en Sumer.

11 comentarios sobre “Me la comí porque quise

  1. Si, pero convengamos que primero la raptó un poquito… jeje. Magnífica la estatua de Bernini en la otra entrada y ni hablar del detalle de los dedos de Plutón sobre el muslo izquierdo de Proserpina…

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