¿Piedra, bronce o hierro?

En 1807 Dinamarca se encontraba en una situación algo delicada: había sido derrotada por Inglaterra en la Guerra de las Cañoneras, estaba siendo amenazada por Suecia y, para colmo, pronto iba a ser abandonada por Noruega. Menudo desastre. A Dinamarca le hacía falta recuperarse: tenía que impulsar la economía del país y, a la vez, subirles un poco la moral a los ciudadanos.

Así pues, en 1807 se fundó la Real Comisión para la preservación de las Antigüedades (Kongelige Commission til Oldsagers Opbevaring), que luego se transformaría en el Museo Nacional de Dinamarca, con el objetivo de reunir y dar a conocer los bienes arqueológicos del país. Se recopilaron numerosos artefactos que habían aparecido en yacimientos por todo el territorio danés; incluso aquellos que habían sido adquiridos por particulares fueron a parar a los almacenes de esta Comisión, y en unos años se reunió una buena cantidad de objetos arqueológicos que hablaban del pasado lejano de Dinamarca.

Ahora se imponía la necesidad de ordenar todo aquello para poder presentarlo al público, ensalzando la grandeza histórica del país con una buena exposición. Y fue en 1816 cuando la Comisión contrató a un joven de entonces veintisiete años, y le encargó el grandioso proyecto de catalogar todos los objetos y disponerlos para la vista al público.

Ese joven era Christian Jürgensen Thomsen, y tuvo una idea brillante para llevar a cabo ese difícil cometido. En primer lugar, decidió dividir los artefactos en tres grandes pabellones, y en segundo lugar les dio un nombre bien característico a cada uno. En el primer pabellón reunió todos los objetos de piedra que provenían de tumbas o sedimentos que databan de una época en la que no se encontraban metales, y lo llamó Pabellón de la Edad de Piedra. A continuación colocó todas las hachas, lanzas y trompetas o lures de bronce, que provenían de yacimientos en cuyos diferentes estratos no se había encontrado hierro, y lo llamó Pabellón de la Edad de Bronce. Y, por último, puso en el tercer pabellón todas las herramientas y armas que estaban hechas de hierro, artefactos que se habían ido encontrando hasta la época de la que datan las primeras referencias escritas a la historia de Escandinavia, y así nació el pabellón de la Edad de Hierro.

Lur de bronce encontrado en Brudevælte Mose, en el noreste de Lynge en Selandia (Dinamarca).
De Dbachmann – Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1897768

De modo que, en 1816, Christian Jürgensen Thomsen clasificó los objetos aqueológicos en lo que el llamó tres “Edades”: la Edad de Piedra, la Edad de Bronce y la Edad de Hierro.

Christian Jürgensen Thomsen, por J.V. Gertner (1818-1871) – Museo Nacional de Dinamarca
Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=11181611

La exposición se inauguró en 1819 y fue un éxito total. Éxito por el número de visitantes, pero también por los debates que suscitó entre la comunidad intelectual y académica acerca de si ese orden cronológico era adecuado o no, o si debía existir una disciplina que considerara la arqueología como un estudio científico, a la manera de la lingüística histórica.

Esta división de edades ya la había hecho antes Ovidio en sus Metamorfosis (s. I) pero siguiendo a Hesíodo, que en su Teogonía (s.VIII a.C.) hablaba de “razas” o “generaciones” de hombres, en lugar de “edades”, al igual que Arato, que se encuentra cronológicamente entre los dos (Phaenomena, s.III a.C.).

Ovidio y Hesíodo hablan, en realidad, de cuatro edades que se suceden una a otra, y en las que van cambiando los materiales de las herramientas de los hombres y el dios que los gobierna.

La primera edad era la de Oro, regida por Crono/Saturno, en la que todo era fácil y maravilloso, los dioses convivían con los hombres, que no tenían que trabajar puesto que la tierra les regalaba alimentos en abundancia, y no había guerras ni crueldad.

“Todavía no existía la trompeta de bronce recto, no los cuernos de bronce curvado, no los cascos, no la espada”.

Ovidio, Metamorfosis I, 98.

Pero cuando Zeus/Júpiter destronó a su padre Crono/Saturno, en lo que conocemos como el “Mito de la Sucesión”, las cosas empezaron a empeorar, y las tres Edades que siguen se dieron todas bajo el poder de Zeus/Júpiter: a la edad de Oro siguió la edad de Plata, “inferior al oro pero más valiosa que el rojizo bronce”, y en ella se acortó la primavera, vinieron los fríos y los vientos gélidos seguidos de un calor abrasador y los hombres tuvieron que buscar refugios o abrigos por primera vez; también se vieron obligados a buscar nuevas formas de alimentos, y “por primera vez las semillas de Ceres fueron enterradas en largos surcos, y los novillos gimieron oprimidos por el yugo (Met. I, 122)”. Había nacido, pues, la agricultura.

Después de la edad de Plata llegó la Edad de Bronce: cruel y llena de violencia, en la que los seres humanos empezaron a matarse unos a otros y los dioses, afligidos y también airados, fueron progresivamente abandonando la tierra y retirándose a su morada celestial

Pero es la última Edad la más cruel y sanguinaria, la de Hierro:

“Al punto irrumpió en la época del peor metal toda la iniquidad, huyeron el pundonor y la verdad y la lealtad; su lugar lo ocuparon los engaños, las mentiras, las emboscadas y también la violencia y el criminal deseo de poseer”.

Ovidio, Met. I 130

Es en esta época cuando la última diosa que había permanecido al lado de los humanos, Dike, diosa de la justicia, abandona la tierra horrorizada ante el comportamiento de los hombres y sube al firmamento, donde aún sigue y podemos verla hoy: en la Constelación de Virgo.

Así pues, a la luz de estas citas de Ovidio, se constata que hay dos grandes apartados en la concepción romana de la sucesión de las Edades: la Edad de Oro, la mejor, la más feliz y la más bella, que coincide con el reinado de Saturno, y el deterioro progresivo a partir de la subida al poder de Júpiter.

En Virgilio vemos mucha más clara esta dualidad, puesto que para él las edades son solo dos: la edad de Oro, correspondiente al reinado de Saturno (la primera raza de Hesíodo), y la edad de Júpiter, que abarca de manera general las restantes, cuando la situación va empeorando cada vez más.

Y esto es interesante porque el dios Saturno estaba, en origen, relacionado con las cosechas y la abundancia de la tierra. De hecho, la pareja griega Crono-Rea pasó a la mitología romana como Saturno-Ops, donde Ops es la diosa de la Abundancia (de donde viene, por ejemplo, la palabra “opulencia”). Asimismo, los romanos quisieron ver en el nombre de Saturno (deidad antiquísima de etimología oscura) un derivado de sero, satus, “sembrar”. También es el dios que dio nombre a las famosas celebraciones conocidas como Saturnalia, que tenían lugar en diciembre, más o menos cuando nuestra Navidad: recién terminada la siembra, se rogaba al dios Saturno que protegiera los cultivos para que dieran una buena cosecha llegado su momento; como había acabado el duro trabajo del campo, los campesinos tenían unos días libres en los que comían y bebían en abundancia, se intercambiaban regalos, e incluso los esclavos gozaban de los privilegios de los hombres libres.

Esta etimología popular romana de Saturno siempre me hace pensar en el “Cuadrado Sator”, famoso ahora por la película de Nolan, “Tenet”:

De M Disdero – Taken at Oppede, Luberon, France
CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3262506

De modo que aunque Saturno se comía a sus hijos, y Júpiter fue el salvador de todos sus hermanos y de sí mismo al emascular a su padre y encerrarlo en el Tártaro, su reinado se asocia a la Edad de Oro en la que todos éramos felices y no sufríamos ninguna penalidad; parece que siempre nos queda la idea de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Publicado por Neferchitty

La historia empieza en Sumer.

12 comentarios sobre “¿Piedra, bronce o hierro?

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